Una mirada al abismo maorí

Wellington contra las cuerdas

La Corona británica firmó en 1840 un acuerdo con los principales jefes maorís por el que las islas neozelandesas pasaban a ser formalmente una colonia. El acuerdo, conocido como tratado de Waitangi, es discutido aún hoy por haber existido dos versiones, una en maorí y otra en inglés, con un contenido considerablemente diferente.

Antes de la firma del tratado, habitaban en la isla comerciantes, gobernadores y misioneros británicos que, si bien estaban convencidos de la superioridad de su civilización, quedaron fascinados y admirados con muchas de las costumbres culturales de las islas. Convivieron con las tribus y algunos desposaron a sus mujeres. Esto contrasta con la situación en la vecina Australia, donde los británicos despreciaron desde el comienzo la cultura aborigen.

No obstante, la llegada de más migrantes británicos y la labor civilizadora ahogaron la posibilidad de una convivencia armoniosa, y no fue hasta 1970, con la aparición de un fuerte movimiento urbano por los derechos maorís, que se puso en valor la cultura maorí y se peleó por un Estado bicultural.

La población maorí en Nueva Zelanda tiene hoy una presencia notable, especialmente en la isla norte. Fuente: Cartografía EOM

Si bien la victoria del movimiento por los derechos maorís fue fundamental para el reconocimiento cultural de este grupo desde las instituciones, no debe obviarse que la llegada de muchos de ellos a las ciudades fue fruto de un éxodo rural forzado. El informe Hunn, publicado en 1961, proponía que se tomaran medidas para llevar a la población maorí a las ciudades, donde “podrían adaptarse mejor” a la cultura pakeha.

Forasteros en sus propias tierras, muchos comenzaron una nueva vida en la ciudad y fueron olvidando gran parte de su bagaje cultural. Sin recursos y obligados a adaptarse, hoy seguimos encontrando problemas heredados de entonces. Un buen ejemplo de ello es el caso de muchas familias sin techo que habitan en ciudades como Auckland o Wellington. Al no poseer bienes inmuebles, la población maorí y la migrante se ve especialmente afectada por la burbuja de los alquileres: el nivel al que han llegado los precios fuerza a muchas familias enteras a vivir en la calle o depender de ayudas estatales aun con dos trabajos de jornada completa.

Nueva Zelanda es unos de los países occidentales con más encarcelamientos y cuenta con una elevada tasa de reincidencia, lo que se traduce en un importante gasto para el Estado; datos del 2015 sugieren que seis de cada diez reclusos volverán a prisión durante los cuatro años siguientes. El desigual acceso a los recursos reproduce los esquemas de criminalidad que empezaron hace más de 20 años. La inestable situación de la población maorí se traduce en otro indicador nada alentador: el elevado abandono escolar entre sus adolescentes, su escasa presencia en las universidades y una tasa de desempleo que es casi dos veces la de los pakehas —12,4% frente a 5,9% en 2015—. Esta desigualdad, lejos de compensarse, se reproduce y termina desalentando a los jóvenes maorís ante la falta de perspectivas.

El exmonarca Juan Carlos I de España es recibido por el representante maorí Gerrard Albert en Nueva Zelanda con el saludo tradicional maorí. Fuente: El País

Las visitas diplomáticas que llegan a Wellington realizan el saludo maorí y los altos cargos aplauden el haka, baile tradicional durante los casamientos de allegados. Pero estas reverencias simbólico-institucionales corren el riesgo de quedarse en folclore superficial de no abordarse con medidas profundas los desequilibrios bajo cuya sombra conviven los neozelandeses.

La tierra de la nube blanca

Para los maorís fue Kupe, y no Abel Tasman ni el capitán Cook, quien descubrió Aoetearoa —hoy Nueva Zelanda—. Su pueblo, que habitaba en una tierra llamada Hawaiikisubsistía esencialmente con la pesca; cuando un día sus pescadores llegaron con las manos vacías de vuelta a casa, se mascaba la tragedia. Cuenta la leyenda que un pulpo arrebataba a los pescadores su captura y amenazaba con la inanición del clan completo. El sabio Kupe fue en busca del pulpo y lo persiguió hasta alta mar; terminó llegando a Aoetearoa —‘tierra de la nube blanca’—, donde cesó su búsqueda. Tiempo después, su pueblo seguiría sus instrucciones y se iría en canoa en busca de estas tierras, que terminarían asentando.

Baldosa pintada en la Escalera de Selarón (Río de Janeiro). Fuente: Inés Lucía

Hoy pareciera que el pulpo invisible de la leyenda que roía las cuerdas de los pescadores vuelve a emerger para entorpecer la vida de los maorís contemporáneos. Si bien gran parte del relato histórico del país ensalza el bagaje cultural de este pueblo, son múltiples las tareas pendientes para que ese reconocimiento se materialice positivamente para esta comunidad. Con todo, puede decirse que existe un amplio consenso en que una mayor autonomía maorí y una reconciliación con las costumbres anteriores a los pakehas son un buen camino para seguir. Genealogía y cohesión social contra el desamparado individualismo de la gran ciudad.

Cuando en 1989 se estatalizaron las escuelas en lengua maorí para salvaguardar su lengua y costumbres, el Estado demostró que era posible compatibilizar dos sistemas con un currículum compartido. Los tribunales maorís para menores infractores, conocidos como Rangatahi, están teniendo buenos resultados previniendo la reincidencia. En ellos se involucra a los menores infractores con labores comunitarias que sirvan para reforzar sus vínculos culturales con la whanau y responsabilizarlos de forma consciente para evitar que vuelvan a delinquir.

Antes de 1989, los niños maorís tenían prohibido hablar en Te Reo en la escuela. Fuente: Newshub

Atajar el problema a una edad temprana es una forma muy efectiva de combatirlo, pero dentro de la población maorí hay un grupo especialmente afectado: el de las mujeres. La población de reclusas maorís es aún mayor que la de hombres en proporción a la población pakeha y muchas de las que quedan fuera de la cárcel deben afrontar la crianza de sus hijos solas, con el otro progenitor en prisión. Esta labor se antoja especialmente difícil en las ciudades por el alto riesgo de empobrecimiento y los altos precios del alquiler. Los datos de pobreza infantil son otra gran preocupación de la minoría.

Si bien en Wellington ya se encuentran mujeres maorís con tatuajes faciales, queda conseguir que este avance simbólico en términos de representatividad permee las capas sociales más bajas y limar así para siempre el pico del pulpo que aún hoy roe las redes de los pescadores maorís.

In: elordenmundial.com

17 Agosto, 2017

Alceri Luiz

catarinense, arqueólogo, fotografo e produtor cultural....

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